La disminución de la circulación termohalina pudo causar la mayor duración e intensidad de las glaciaciones de hace un millón de años

La disminución de la circulación termohalina pudo causar la mayor duración e intensidad de las glaciaciones de hace un millón de años

Un cambio en la intensidad de la circulación oceánica global pudo producir la profunda alteración climática llamada transición del Pleistoceno medio (MPT, en inglés), que desencadenó glaciaciones extremas hace un millón de años.

Esa es la conclusión de un estudio recientemente publicado en la revista Nature Geoscience, que describe algunos de los mecanismos climáticos que contribuyeron a la transición del Pleistoceno medio, y aporta nuevas perspectivas para elaborar predicciones climáticas futuras con mayor exactitud y fiabilidad. El estudio fue  dirigido por Jesse Farmer, del Observatorio Terrestre Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia, y en él participaron varios equipos de diversos países, como Leopoldo Pena y Maria-Jaume Seguí, del Grupo de Investigación Consolidado (GRC) en Geociencias Marinas de la Facultad de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Barcelona, y científicos de las universidades de Edimburgo, Londres, Princeton y del Instituto Max Planck.

Hace un millón de años, el clima de la Tierra se alteró de forma abrupta por causas que todavía se desconocen. Grandes masas de hielo continental se acumularon en las regiones polares, los ciclos glaciares se volvieron más largos y fríos —los más intensos en la historia del Cuaternario— y, como consecuencia, el sistema climático global se alteró a escala planetaria.

El motivo del fenómeno antes descrito es motivo de debate desde hace décadas y, según el estudio recientemente publicado en Nature Geoscience, una reducción abrupta en la intensidad de la circulación oceánica profunda o termohalina hace 950.000 años —un fenómeno ya descrito por los oceanógrafos Leopoldo Pena y Steven Goldstein— potenció la captura y el almacenamiento en el océano profundo del dióxido de carbono atmosférico (CO2) a escala planetaria. El efecto fue que “una parte de ese CO2 quedó atrapada en el océano profundo y ello pudo contribuir a un cambio climático drástico”, indican Leopoldo Pena y María Jaume Seguí.

Durante las fases más extremas de esta transición climática, el Atlántico profundo llegó a almacenar unos 50.000 millones de toneladas de carbono más que en los ciclos glaciares anteriores, menos intensos. Debido a las grandes cantidades de carbono confinadas en las profundidades del océano, el nivel de dióxido de carbono disminuyó en la atmósfera, las temperaturas globales se volvieron más frías y las capas de hielo se extendieron por el planeta durante este particular periodo del Cuaternario.

“El océano profundo ha actuado y actúa como un reservorio o almacén de CO2. Cuando este gas se acumula durante centenares o miles de años en el fondo del océano, se produce un descenso del CO2 en la atmósfera que tiene consecuencias climáticas globales. Ahora bien, es importante destacar que el mecanismo opuesto también es posible”, afirma Leopoldo Pena.

En el trabajo ha tenido especial importancia el estudio de fósiles de foraminíferos planctónicos y bentónicos, protozoos abundantes en el registro fósil de los sedimentos oceánicos y que son muy útiles para conocer las características del clima y de los ecosistemas marinos del pasado.

Leopoldo Pena alerta ante posibles conclusiones simplistas del trabajo, sobre todo porque hay evidencias de que la circulación oceánica en el Atlántico se ha ralentizado un 15 % desde mediados del siglo XX. “Nuestro estudio pone de manifiesto que existen mecanismos que controlan el clima de nuestro planeta que no entendemos por completo. Hace un millón de años, múltiples componentes del sistema climático de la Tierra actuaron en conjunción para impulsar el clima global hacia un estado de glaciaciones extremas y duraderas. Hoy día, el aumento de las concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono por la acción humana también podría conducir el sistema climático hacia un estado totalmente diferente».

“Es importante no trazar paralelismos simplistas”, insiste Pena, “se podría caer en la tentación de decir que si se ralentiza la circulación, disminuirá el CO2 atmosférico, pero eso sería un error gravísimo. En este caso las aguas superficiales ricas en CO2 no serían transportadas al océano profundo, mientras que en regiones como la Antártida, las aguas profundas ricas en CO2 seguirían llegando a la superficie, y en consecuencia el CO2 atmosférico seguiría aumentando”.

No Comments

Sorry, the comment form is closed at this time.